Los papeles de un diplomático alemán. La vida de un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Hitler a través de sus documentos

Por Gregorio Torres Gallego con la colaboración de Pablo San Juan

Extracto del artículo publicado en la Revista Española de Historia Militar, nº 69, Marzo 2006.

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La casualidad ha querido que una carpeta con los documentos más importantes que custodiaba la familia del diplomático alemán Andor Hencke viniese a parar a las manos de un coleccionista español. Aparte del valor material de estos documentos (hoy por cualquier papel con la firma autógrafa de Adolf Hitler se están pagando hasta cinco mil euros), no cabe duda de que constituyen una fuente de información de primera mano para estudiar el complejo papel que tuvieron que jugar los altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán entre 1933 y 1945.

Nada más abrir la carpeta que custodia la documentación, cuya portada lleva grabadas a oro el águila y la esvástica, nos encontramos con un conjunto de no más de veinte folios, casi todos ellos en lujoso papel y con sellos troquelados de diversos ministerios germanos, donde llaman poderosamente la atención las firmas de personalidades tan importantes y conocidas como el mariscal Hindenburg, los ministros Stresemann, von Neürath y Ribbentrop, el jefe de la Cancillería Meissner y el propio Hitler. Todos estos valiosos papeles iban dirigidos a un trabajador del Ministerio de Exteriores cuyo nombre, Andor Hencke, resultaba entonces desconocido por nosotros.

Gracias a estos documentos y a alguna información complementaria que hemos podido recabar por diversos medios, hemos podido recomponer la vida de este diplomático, cuya trayectoria resulta sumamente interesante y nos sirve para analizar el difícil rol que tuvo que jugar la diplomacia germana durante la azarosa vida del Tercer Reich.

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Reconstruyendo una biografía

Andor Emil Eduard Hencke nació, según el certificado de estudios que figura en el archivo, el 14 de julio de 1895 en Berlín, en el seno de una acomodada familia protestante (su padre era jefe de compras en una gran empresa comercial alemana). Como era habitual entre los niños de clases pudientes, tuvo profesores privados que le instruyeron en su domicilio hasta que fue enviado a estudiar al prestigioso y elitista “Haupt-Kadettenanstalt Realgymnasium”, situado en el barrio berlinés de Gross Lichterfelde. En dicha institución los jóvenes alemanes recibían una educación académica y paramilitar que les permitía después acceder, automáticamente, como cadetes a los centros de enseñanzas militares o bien proseguir, si lo preferían, con sus estudios en la universidad. Sus calificaciones lo sitúan como joven aplicado pero no excesivamente brillante, destacando en idiomas y matemáticas. A principio de enero de 1914 consigue su título de bachiller y solicita el ingreso en la academia militar.

El estallido de la Primera Guerra Mundial aceleró su envío a una unidad militar, obteniendo su despacho de oficial y siendo enviado al Garde-Fussartillerie-Regiment de Spandau. Sus méritos en combate le hicieron acreedor de la Cruz de Hierro de 1ª y 2ª Clase y de la Orden de la Casa de Hohenzollern con espadas.

Acabada la contienda, el joven Hencke logró ser admitido en la nómina del recién nacido Reichswehr, aquel ejército de cien mil efectivos que fue instaurado en Alemania durante la llamada República de Weimar. Luciendo las nuevas insignias del Reichswehr, a finales de 1920, se casó nuestro protagonista con una bella dama de la alta sociedad berlinesa, llamada Hildegard Boranowsky.

Una publicación germana en forma de directorio editada en 1935, cuyo título es Wer ist´s (¿Quién es?), indica que Hencke fue destinado en 1922 a la embajada de Moscú. Imaginamos que su papel allí estaría ligado al del agregado militar de la legación alemana en la capital de la Unión Soviética. Sea como fuere, el caso es que a nuestro hombre debió interesarle la diplomacia, ya que comenzó a realizar los estudios exigidos para entrar a formar parte de la plantilla del cuerpo diplomático del Ministerio de Asuntos Exteriores. El certificado que acredita que superó con éxito dichos estudios está firmado por el presidente Hindenburg en noviembre de 1926, aunque sus notas, nuevamente, no le catalogan como un estudiante excesivamente brillante.

A partir de entonces comienza su lento pero firme ascenso en la enrevesada escala del cuerpo diplomático alemán, siendo nombrado sucesivamente Legationsekretär (1926), Konsul (1933), Gesandtschaftsrat de segunda clase (1936), Gesandtschaftsrat de primera clase (1937), Legationsrat (1939), Gesandter (1940) y Gesandter de primera clase (1943).

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En Moscú acabó convirtiéndose en el secretario personal del embajador Brockdorff-Rantzaw, hasta que en abril de 1933, ya con Hitler en la Cancillería, fue enviado a Kiev con el nombramiento de Cónsul General bajo el brazo y con el encargo de reabrir el consulado alemán en Ucrania. En este destino permanecería hasta 1936, convirtiéndose en testigo de excepción de la salvaje hambruna provocada por el régimen soviético entre los levantiscos ucranianos. La requisa de alimentos por parte de las autoridades del Kremlin provocó un desabastecimiento generalizado que ocasionó la muerte de casi el veinticinco por ciento de la población de la República de Ucrania, con periodos en los que llegaron a morir más de veinte mil personas al día. Sobre aquellos acontecimientos escribiría años después Hencke unas memorias tituladas “Erinerungen als deutscher Konsul in Kiew in den Jahren 1933-36” (Memorias del cónsul alemán en Kiev durante los años 1933-36), editadas en Munich en 1979 por la Ukrainische Freie Universität. Aquellos crímenes deleznables protagonizados por el régimen comunista de Stalin quedaron impunes para siempre y son muy poco conocidos por el gran público, habiendo quedado en un segundo plano camuflados por la tragedia de la Segunda Guerra Mundial.

En septiembre de 1938 tomó posesión de un nuevo cargo (Gesandtschaftsrat) en la embajada alemana en Praga. Permanecería allí hasta el mes de marzo de 1939, viviendo todos los acontecimientos y tensiones registradas entre Checoslovaquia y el Reich durante la crisis de los Sudetes, la firma del Pacto de Munich y el posterior desmembramiento del estado checo. Su participación en todos estos hechos se recoge en el libro que Hencke publicó en 1977 con el título “Augenzeuge einer Tragödie: Diplomatenjahre in Prag. 1936-1939” (Testigo de una tragedia: Años de diplomacia en Praga), editado en Munich por la Fides-Verlagsges. Gracias a los excelentes servicios prestados durante aquellos meses a la causa nazi fue recompensado con la Medalla de la Anexión de los Sudetes con el pasador de Praga.

Misión en Moscú

Tras abandonar la capital checa pasó a trabajar en las oficinas del Ministerio de Asuntos Exteriores, ocupando el cargo de Subsecretario de Estado. Por sus conocimientos del idioma ruso y su experiencia en la URSS, formó parte de las delegaciones germanas que, encabezadas por el ministro Joachim von Ribbentrop, se desplazaron a Moscú en agosto y septiembre de 1939. El primero de dichos viajes culminó el 24 de agosto con la firma del famoso Pacto Germano-Soviético de No-Agresión, lo que posibilitó la invasión de Polonia por parte de los ejércitos ruso y alemán en el mes siguiente. En su segunda visita al Kremlin, que tuvo lugar entre los días 27 y 29 de septiembre, Ribbentrop, Hencke y el resto de la comitiva teutona se reunieron de nuevo con Stalin y Molotov para dibujar el mapa con las nuevas fronteras resultantes de la citada invasión, firmándose también el Tratado Fronterizo y de Amistad Germano-Soviética. Fue el propio Hencke quien, en este último viaje, se encargó de presentar a Stalin el borrador del trazado fronterizo en la Polonia ocupada. A su regreso a Berlín, Hencke redactó el célebre memorándum titulado “Con el Ministro del Reich en Moscú”, donde se detallan las gestiones realizadas por la delegación alemana ante los dirigentes soviéticos, llegándose a anotar incluso curiosidades como el brindis que propuso Stalin “por la salud del Führer” en la cena de honor ofrecida a von Ribbentrop y los suyos por el dictador ruso.

La carrera de Hencke en el Ministerio se verá premiada con distintas recompensas. Así, en 1939 había recibido la Cruz de Servicios al Estado en plata y en septiembre de 1941 es condecorado directamente por el Führer con la Cruz al Mérito Militar de segunda clase. Además, aunque desconocemos los motivos, en 1939 le había sido otorgada la Estrella de la Real Orden Húngara del Mérito y, en septiembre 1941, el príncipe de Dinamarca le concede la Cruz de Primera Clase de la Real Orden de Dannebrog. Es de suponer que en aquellos años nuestro protagonista realizaría algunos servicios relacionados con estos dos países europeos.

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Sus misiones se fueron complicando con el tiempo y, en el verano de 1942, fue nombrado embajador plenipotenciario de Alemania para mediar entre Rumanía y Hungría, países ambos aliados del Eje, durante la crisis fronteriza desatada en la región de Transilvania.

Finalmente, sabemos que en marzo de 1943 se había establecido en Madrid, prestando sus servicios en la embajada alemana. Sería sumamente interesante conocer cuál fue exactamente su cometido en España durante aquellos postreros años del Tercer Reich, cuando el gobierno de Franco trataba de alejarse a marchas forzadas de la más que amistosa relación que había mantenido hasta entonces con Hitler y los suyos.

En mayo de 1945, tras producirse la rendición incondicional del último gobierno nacionalsocialista, fue detenido e interrogado por miembros de la Special Interrogation Mission. Este departamento, organizado por el gobierno de los Estados Unidos de América, estuvo dirigido por Dewitt C. Poole y se desplazó a Alemania con el fin de obtener información acerca de los trabajos desarrollados por los nazis en los campos relacionados con la propaganda, la diplomacia y el espionaje, con la finalidad de introducir las técnicas que fueran aprovechables en los propios servicios norteamericanos dedicados a dichas materias. Imaginamos que lo que pudo aportar Andor Hencke al respecto debió ser de sumo interés para los hombres de Poole.

Hoy, después de recuperar para la Historia estos documentos gracias a las páginas de la Revista Española de Historia Militar, confesamos que nos embarga una cierta tristeza al haber podido comprobar que, una vez fallecidos sus propietarios, muchos papeles, condecoraciones y otros objetos, recuerdos y testimonios de toda una vida dedicada al servicio a la patria, suelen acabar rodando por las mesas de los mercadillos hasta ser adjudicados al mejor postor.

Publicado en Historia.