Colaboracionismo en los países ocupados por los alemanes

Por Gregorio Torres Gallego. Extraído de la obra Segunda Guerra Mundial, Biblioteca Diario El Mundo. Madrid, 2009.

Durante la II Guerra Mundial los alemanes conquistaron buena parte de Europa, manteniendo bajo su control a millones de ciudadanos extranjeros. Fueron años duros en los que la vida continuó, a pesar de las dificultades. Por convicciones ideológicas profundas o bien por sobrevivir adaptándose a las nuevas circunstancias, fueron muchas las personas e instituciones de los países conquistados que se mostraron abiertas a apoyar al ocupante alemán. Como casos más evidentes podemos destacar a los partidos pronazis que surgieron por todo el continente y se pusieron del lado alemán, prestándose a formar gobiernos títere que colaboraron abiertamente con los ocupantes y animando a sus compatriotas a emigrar al Reich para trabajar o a alistarse como voluntarios en las Waffen SS. Así, cientos de miles de personas procedentes de toda la Europa ocupada marcharon a Alemania voluntariamente como mano de obra para el campo y las fábricas que sostuvieron el esfuerzo de guerra germano, mientras que casi medio millón de jóvenes se enrolaron en las divisiones de combate de las SS y juraron fidelidad a Hitler combatiendo principalmente en el frente del Este contra el Ejército Rojo.

Entre los partidos pronazis con más fuerza en sus respectivos países hay que mencionar al Rex en Bélgica, el Nationaal-Socialistische Beweging en Holanda, el Natjonal Samling en Noruega, la Ustasha en Croacia y las Flechas Cruzadas en Hungría, con dirigentes que alcanzarían gran proyección internacional, como León Degrelle, Anton Mussert, Vidkun Quisling, Ante Pavelic, el mariscal Petain o Pierre Laval. Podríamos también considerar colaboracionistas a países neutrales como España, que también mandó obreros a Alemania y a soldados voluntarios para combatir a los soviéticos en el Este,  y a los fascistas italianos que, una vez que capituló oficialmente su país, se adhirieron a la República de Saló, creada por Mussolini en el norte del país después de que fuese liberado por los alemanes.

A pesar de todo, la inmensa mayoría de la población asumió una actitud mucho más pasiva, desarrollando sin protestar las tareas que le fueron encomendadas por las nuevas autoridades y evitando cualquier enfrentamiento directo con las mismas o con los soldados alemanes. Sobrevivieron a la contienda sin comprometerse con uno u otro bando y mantuvieron ocultas sus simpatías políticas y su patriotismo, acomodándose inteligentemente a las circunstancias y evitando problemas mayores. Por ello, los partidos de corte fascista y abiertamente pronazis, los únicos permitidos durante la ocupación, nunca tuvieron el éxito deseado por sus jerarcas, como tampoco lo tuvieron los movimientos de resistencia contra el invasor, que sólo fueron masivos en lugares muy concretos y en la última fase de la contienda, cuando las tropas ocupantes estaban a punto de abandonar sus conquistas.

Por ello hay que desconfiar de toda la literatura existente sobre los multitudinarios y activos movimientos de resistencia que presuntamente mantuvieron en jaque a los alemanes en toda Europa. Solo hay que consultar fuentes de la época para darnos cuenta de que, con la excepción de la Unión Sovietica y Yugoslavia, el control alemán sobre la Europa ocupada fue sumamente efectivo y no proporcionó serios sobresaltos a Hitler y los suyos hasta que los aliados desembarcaron en Normandía.

Al finalizar la contienda, conforme los territorios iban siendo liberados, se desató una represión brutal sobre los colaboracionistas, incluyendo tanto a los pronazis abiertamente declarados como a aquellos que habían hecho negocios o habían mantenido abiertas relaciones personales con los alemanes. Se fusiló y encarceló a cientos de miles de personas, se expropiaron sus bienes y se dieron auténticos espectáculos públicos consentidos por  las nuevas autoridades donde se linchó literalmente a pobres mujeres que habían coqueteado con soldados alemanes , a los ancianos padres de soldados alistados como voluntarios en las fuerzas armadas germanas, o a empresarios que se habían beneficiado del comercio con el ejército invasor, siendo muchos de sus verdugos los mismos que durante muchos años callaron y colaboraron también, aunque menos ostensiblemente, con los invasores.

Ciudadanos franceses vistiendo el uniforme alemán con un retrato del mariscal Petain en la mano y la bandera tricolor al fondo. En todos los países surgieron corrientes colaboracionistas que los alemanes no siempre encauzaron convenientemente.

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