Bombardeos terroristas sobre Alemania

Por Gregorio Torres Gallego, extraído de la obra Segunda Guerra Mundial,  Biblioteca Diario El Mundo. Madrid, 2009.

La campaña aliada de bombardeos aéreos masivos e indiscriminados sobre objetivos civiles, que contravino totalmente las leyes internacionales en lo referido al respeto de vidas y bienes de la población no combatiente, comenzó en agosto de 1940 con una incursión de la RAF sobre áreas residenciales berlinesas, aunque ya antes se habían registrado incursiones sobre instalaciones militares en territorio alemán. A pesar de lo que se ha venido asegurando reiteradamente, fueron así los ingleses y no los alemanes los primeros en planificar bombardeos aéreos de terror sobre ciudades alejadas del frente en la II Guerra Mundial, provocando la represalia alemana que llegó con el ataque a las ciudades británicas en las últimas fases de la Batalla de Inglaterra. Ciertamente cuando Churchill ordenó esa primera incursión sobre Berlín algunas bombas alemanas acababan de caer sobre objetivos no militares de Londres, pero ello se debió a un error de las tripulaciones de los aviones alemanes y no a una acción premeditada por sus mandos.

No obstante, aunque los raids de la aviación británica continuaron esporádicamente, no fue hasta finales de 1941 cuando Churchill ordenó que se recrudecieran los bombardeos nocturnos sobre las grandes ciudades del Reich. En aquellos primeros años de la contienda la caza nocturna estaba en pañales y los sistemas de defensa antiaérea tampoco resultaban aún muy eficientes en la oscuridad de la noche, por lo que la RAF centró su estrategia en ataques nocturnos, sin atreverse a penetrar a plena luz del día en territorio alemán. Sería el nombramiento del mariscal Harris como jefe del Mando de Bombardeo de la RAF, en febrero de 1942, lo que determinó que estas incursiones crecieran abrumadoramente tanto en número como en intensidad. Con los esfuerzos de la Luftwaffe centrados en la campaña del Este y con sus aviones dispersos por todo el continente y el norte de Africa, a pesar de que sus cazas nocturnos y las baterías antiaéreas fueron mejorando su capacidad para enfrentarse con éxito a los aparatos enemigos que atacaban en plena noche, el número de víctimas inocentes creció abrumadoramente, pasando a contarse por millares tras cada uno de aquellos bombardeos. Los raids protagonizados por más de mil aparatos se hicieron muy frecuentes y en enero de 1943, con la llegada de las escuadrillas norteamericanas a los aeródromos ingleses, se empiezan a registrar también ataques diurnos perpetrados por enormes formaciones de grandes aviones erizados de ametralladoras, como las fortalezas volantes B-17. Esto hizo aumentar abrumadoramente el volumen de explosivos lanzados sobre territorio alemán, creciendo desde las 48.000 toneladas de 1942 hasta las 207.000 de 1943, llegando a la escalofriante cifra de 915.000 toneladas en 1944.

Un matrimonio llora desconsolado tras un ataque aéreo al ver su hogar totalmente destruido por las bombas.

En muchos casos los ataques se planificaron de tal manera que se realizaban incursiones masivas durante varios días consecutivos, alternándose los aparatos de la RAF, que volaban de noche, con los estadounidenses, que lo hacían durante las horas del día, tratando de borrar totalmente del mapa a ciudades enteras con todos sus habitantes. Podemos citar como ejemplo el caso de Hamburgo donde se realizaron 3.095 salidas de aparatos británicos y norteamericanos para bombardear el casco urbano ininterrumpidamente entre el 24 de julio y el 2 de agosto de 1943, pereciendo más de 30.000 personas. El punto culminante de esta criminal forma de guerra llegó con el cruel e innecesario bombardeo de Dresde, perpetrado entre el 13  y el 14 de febrero de 1945, cuando Alemania se encontraba ya prácticamente vencida. En este ataque, en el que actuaron conjuntamente aparatos británicos y estadounidenses en oleadas sucesivas, se ocasionaron más de 60.000 muertos civiles en una ciudad que estaba atestada de refugiados llegados del este, revistiendo unas connotaciones y volúmenes tan atroces que sólo pueden ser comparados con los que se produjeron en Hiroshima con el lanzamiento de la bomba atómica seis meses más tarde. En Hamburgo, en Dresde y en tantas otras ciudades alemanas que sufrieron este tipo de ataques los primeros bombarderos que llegaban al objetivo señalaban con bengalas y bombas incendiarias el perímetro donde se debían soltar las bombas. Los incendios eran tan enormes que el calor producido provocaba corrientes de aire ascendentes que alimentaban y extendían con rapidez las llamas por barrios enteros, cociendo literalmente a las personas incluso en los refugios.

Esta larga campaña de bombardeos terroristas, cuyos responsables jamás fueron juzgados por tribunal alguno, tuvo también un elevado coste para las fuerzas aéreas aliadas, que perdieron durante las incursiones sobre el territorio del Reich más de 20.000 aparatos y 102.000 tripulantes, cifra abrumadora y aún no lo suficientemente valorada en los países de origen de esos jóvenes tan inútilmente sacrificados como sus víctimas.

Pero… ¿cómo encajó la población alemana estos bombardeos? Aunque se produjeron más de 600.000 víctimas mortales y 1.000.000 de heridos de consideración, que en su mayoría eran mujeres, niños y ancianos, además de que 13.700.000 personas perdieron sus hogares por completo, este tipo de crímenes no consiguió que la moral de la población civil en su conjunto decayese. Por el contrario, los bombardeos sólo vinieron a fomentar en los alemanes una idea repetida machaconamente por la propaganda nazi: “no se puede esperar clemencia del enemigo y hay que permanecer unidos luchando hasta el final”. En efecto, la gente cerró filas en torno a Hitler y los suyos e incluso quienes hasta entonces habían mantenido una actitud reservada frente al régimen se volcaron en el esfuerzo colectivo por ganar la guerra al ver el daño que los aliados estaban infligiendo al pueblo inocente.

El amargo momento del reconocimiento de cadáveres por parte de sus familiares. Cientos de miles de cuerpos, muchos de ellos irreconocibles, tuvieron que ser enterrados en fosas comunes

Las molestias ocasionadas por los bombardeos y las frecuentes alarmas se convirtieron en algo con lo que había que convivir necesariamente. Centros de trabajo y calles se llenaron de posters y panfletos explicando la forma de actuar durante las alarmas y los ataques. Se distribuyeron masivamente máscaras de gas para la población y se diseñó toda una red de refugios para cada ciudad. Se fortaleció hasta extremos insospechados la Reichsluftschutzbund (RLB o Liga Nacional para la Defensa Aérea) que llegó a reunir a millones de voluntarios comprometidos en colaborar en todo tipo de tareas para hacer frente a los bombardeos. También los jóvenes de ambos sexos de la Juventud Hitleriana contribuyeron a las labores de defensa ayudando a servir baterías de antiaéreos o realizando servicios de detección. Cuando las ciudades resultaban dañadas, legiones de voluntarios bien organizados acudían a sofocar los incendios, a desescombrar y a restituir los servicios básicos de suministro de electricidad y agua. Otros equipos dependientes de la Cruz Roja y la Nationalsozialistische Volkswohlfahrt, la Asociación Nacionalsocialista de Auxilio Social, se encargaban de atender a los heridos y buscar cobijo a quienes se habían quedado sin techo.

Por su parte, los polígonos industriales, suministradores de la materia prima necesaria para que la máquina bélica del Tercer Reich continuara funcionando, se vaciaron en gran medida de empresas y factorías, que fueron redistribuyéndose de manera dispersa y camuflada por áreas rurales y suburbanas. Debido a estas medidas, la industria germana continuó batiendo récords de producción hasta los últimos meses de la contienda, multiplicando su eficiencia a pesar de los bombardeos sufridos.

En definitiva, los suplicios vividos por la población alemana sólo fueron comparables con su capacidad para encajarlos y salir adelante, lo cual permitió que la vida no se detuviese a pesar de los severos daños sufridos por los centros urbanos de las ciudades.

Finalizada la guerra, tanto los gobernantes de los países aliados como los analistas e historiadores que han estudiado esta cruel faceta de la II Guerra Mundial, acabaron por reconocer que supuso un tremendo error. Para ello no se basaron en aspectos morales y la existencia de millones de víctimas inocentes no parecieron ser tan importantes como el hecho de que, lejos de conseguir el objetivo último que tenían estos ataques, que era acelerar la rendición de Alemania, la campaña de bombardeos reforzó la imagen interior del régimen nazi, aglutinó al pueblo en torno a Hitler y proporcionó la base para que se implementara la economía de guerra sin protesta alguna por parte de la población.

Los niños siempre son las víctimas más inocentes. En la imagen una niña herida en un refugio es transportada en camilla hasta un improvisado hospital.

Resulta vergonzoso que aún hoy día, no haya salido de ninguna de las instituciones responsables de aquellos crímenes de guerra ninguna petición de perdón ni de reconocimiento de una culpabilidad siempre achacada al bando perdedor.

Publicado en Historia.